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jueves, 7 de junio de 2012

Ray Bradbury viste de luto Marte


Autor de obras como 'Crónicas marcianas' y 'Fahrenheit 451', tenía 91 años


Luto en Marte y en nuestros corazones. La muerte el martes por la noche a los 91 años de Ray Bradbury, maestro de la ciencia ficción más lírica, les deja huérfanos a ellos, los marcianos de ojos amarillos en sus crepusculares canales de ensueño, pero también a todos los de aquí abajo, sus hijos lectores, los que hemos viajado con él en astronaves a las estrellas y hemos bebido el licor del verano de las infancias perdidas bajo los porches de la mítica Green Town, Illinois.

Bradbury, que dispone ya de un cráter en su honor en la luna y que pidió que sus cenizas sean esparcidas en el planeta rojo, será recordado por muchas cosas, por las Crónicas marcianas, esa excepcional colección de relatos sobre la colonización del planeta Marte que cambió para siempre el género fantástico y entusiasmó a Borges; por El vino del estío y La feria de las tinieblas, dos de las novelas más conmovedoras jamás escritas sobre el delicado momento en el que los niños descubren la existencia del tiempo, de la muerte y de la responsabilidad; por la distopía Farenheit 451 con su mundo de libros perseguidos por bomberos flamígeros pero salvados por lectores contumaces en una de las más hermosas fábulas sobre la perennidad de la lectura -un tema tan actual-. Se le recordará también por sus estremecedores cuentos sombríos, los de El país de octubre, que tanto han influido en autores de terror como Stephen King. Pero sobre todo recordaremos de Ray Bradbury su capacidad para mezclar en un combinado único la fantasía, la poesía, la maravilla, la nostalgia y la inocencia.

Criado en los sueños, esperanzas y pesadillas de los EE UU que pasaron en pocas generaciones de ser una sociedad básicamente rural a abrazar las más portentosas y abracadabrantes tecnologías, Bradbury (Waukegan, Illinois, 1920) se entusiasmó, recelando al tiempo, con las novedades y artefactos, mostrando en sus historias lo prodigioso de la ciencia y a la vez advirtiendo de que el ser humano no debería perder su alma en aras de ella. "No debemos llevar nuestros pecados a otros mundos", le escuche decir en una ocasión, en su única visita a España, en 1991.

Era un gran moralista, con un lado indudablemente ingenuo y paternalista, incluso reaccionario, que a veces le lastraba, pero tenía el don de transportarte a un mundo de emociones y sentimientos prístinos e irresistibles. Sus diáfanas metáforas son como encajes de cristal que te arañan el corazón y te anegan los ojos de lágrimas.

Había sin embargo en él junto a la luz y el optimismo un lado oscuro, de miedo y culpa, en el que crecía fértil el musgo de lo espectral y de lo macabro. Pocos autores han escrito como Bradbury sobre la muerte y la pérdida. Es imposible recordar algunos de sus historias sin estremecerse, la del bebé asesino, la del perro que regresa de ultratumba, la del hombre que se hace cargo de la guadaña de la muerte y siega el campo de la vida hasta encontrar los tallos que son su mujer y sus hijos… En relatos y novelas esa sombra, ese otoño, es el contrapunto insoslayable de un gran canto vital de celebración de la existencia y de la belleza del universo.

En esencia, con toda su cultura y sabiduría, Bradbury -y él mismo lo reivindicaba- nunca dejó de ser un niño de 12 años, el asombrado y vivaz Douglas Spaulding con zapatillas de deporte nuevas de El vino del estío (1957), la preciosa novela en la que relató su infancia trasmutando su Waukegan natal en Green Town, su pequeña arcadia personal de cometas y zarzaparrilla. Ese lugar soñado hubo de abandonarlo a los 14 años cuando su padre, empleado ferroviario afectado por la depresión, se trasladó con la familia a Los Ángeles. Gran lector de literatura pulp, amante de los tebeos, empezó a publicar en fanzines y en 1941 vendió su primer cuento. En 1950 publicó la obra por la que será especialmente recordado, Crónicas marcianas, un conjunto de cuentos vagamente unidos por el nexo de la invasión humana de Marte que llenan de asombro y transpiran una atmósfera de sobrenatural melancolía y soledad. Cuando el año pasado visité la vieja casa de Bradbury junto a la playa de Venice, California, donde el escritor vivió con su mujer Maggie al casarse en 1947, no pude dejar de pensar en la influencia de esa pequeña Venecia con sus minúsculos canales en la creación del Marte de las crónicas. No hay mucha ciencia-ficción en el sentido convencional en el libro, como no la hay en sus otras novelas y en sus centenares de relatos, agrupados en títulos tan conocidos como El hombre ilustrado o Las doradas manzanas del sol. Una de las cumbres del género, Bradbury es sin embargo muy diferente de otros populares maestros contemporáneos suyos como Isaac Asimov (+1992) o Arthur C. Clarke (+2008). Solo ahora, releyendo, caigo en la cuenta de qué solos nos hemos quedado en el universo al completarse la pérdida de la gran tripleta espacial.

Poco sexo en Bradbury, les advierto, un autor que dejó escrito: "Igual que mi amigo Ray Harryhousen concentró toda su libido en los dinosaurios, yo la puse en los cohetes, en Marte, en los extraterrestres y en una o dos muchachas que cuando me decidía a leerles mis historias huyeron muertas de aburrimiento".

Algunos encuentran que su obra desde 1960 ya no está a la altura de sus grandes creaciones. Quién sabe, quizá hemos perdido la inocencia para valorarlo. Sea como sea, aquí y allá en las novelas y antologías publicadas a lo largo de este medio siglo saltaba la chispa incandescente del viejo Bradbury. Recuerdo un cuento genial sobre un hombre mosca y la emoción que provocaba el retorno a Green Town en la secuela El verano del adiós.

Escribió ensayos y poesía (no muy buena: su poesía estaba en su prosa). Tuvo una suerte desigual en el cine, un arte que amaba como solo pueden hacerlo los grandes soñadores. Ninguna de sus obras -llevadas también a la televisión, al teatro y a la ópera incluso- ha tenido una brillante plasmación en la pantalla si exceptuamos la versión de Truffaut de Fahrenheit 451 (1966), que precisamente a Bradbury no le satisfacía por "demasiado intelectual". Su gran colaboración con el séptimo arte y una aventura en sí misma fue sin duda escribir en 1953 el guion de Moby Dick para el turbulento John Huston. Bradbury leyó nueve veces la obra de Melville y la sintetizó prodigiosamente en 150 páginas. El proceso y la relación con Huston los evocó posteriormente en una novela, Sombras verdes, ballena blanca. La influencia de Ray Bradbury en el cine es enorme, baste con decir que Spielberg lo ha considerado su propio padre.

Cuando en 1991, durante un almuerzo, le pedí que me dedicara La feria de las tinieblas para mi hija que aún no había nacido, se empleó con simpática fruición encantado con el reto de conquistar a una lectora del futuro. Hoy, mirando al espacio con tristeza, siento en el alma no haber pensado en mis nietos.

Bibliografía


NOVELAS

Fahrenheit 451 (1953)

El vino de estío (1957)

La feria de las tinieblas (1962)

El árbol de las brujas (1972)

La muerte es un asunto solitario (1985)

Cementerio para lunáticos (1990)

El ruido de un trueno (1990)

Sombras verdes, ballena blanca (1992)

Matemos todos a Constance (2004)

El verano de la despedida (2006)

Ahora y siempre (2009)

CUENTOS

Crónicas marcianas (1950)

El hombre ilustrado (1951)

Las doradas manzanas del sol (1953)

Remedio para melancólicos (1960)

Las maquinarias de la alegría (1964)

Fantasmas de lo nuevo (1969)

Cuentos de dinosaurios (1983)

La bruja de abril y otros cuentos (1994)

Más rápido que el ojo (1996)

De la ceniza volverás (2001)

Algo más que el equipaje (2003)

El signo del gato (2005)

NO FICCIÓN

Zen el arte de escribir (2002)

Bradbury habla (2008)

EL PAÍS.com - Jacinto Antón - Barcelona - 6 JUN 2012

viernes, 20 de abril de 2012

Drácula llora a Bram Stoker


Hoy se cumplen 100 años de la muerte del escritor irlandés, creador del mito del vampiro
Los escritores le rinden homenaje
 


"Strigoi, strigoi, strigoi...", susurraba hace hoy 100 años Bram Stoker. Podía ser fruto del delirio o tal vez sea una leyenda enriquecida por el paso del tiempo, pero el autor de Drácula falleció señalando —según atestiguaron sus amigos presentes— algo en un rincón de la habitación de la pensión londinense en la que pasó sus últimos días. Strigoi, en rumano, significa espíritu maligno. Una expresión final demasiado perfecta para ser pronunciada por el creador del mito moderno del vampirismo (algo parecido se cuenta de Bela Lugosi, el primer gran Drácula del cine, del que se decía paseaba por la residencia de ancianos buscando cuellos que chupar).

El irlandés Bram Stoker (1847-1912) no será recordado como un gran escritor. Rodrigo Fresán, autor de prólogo a la edición de 2005 de Mondadori de la novela, comenta: "Stoker es muy mal escritor, un ejemplo clásico de creador flojo —no hay más que leerle en su inglés original— que de repente crea una obra genial". Enrique Vila-Matas apunta en esa dirección: "Seiscientas páginas y el conde solo sale en unas quince. Al estilo de El corazón en las tinieblas, de Joseph Conrad, se crea un espectáculo alrededor de un personaje que aparece muy poco. Es más interesante y fascinante el ambiente que lo que ocurre. La narración conduce al personaje. En cambio, creó el vampiro moderno. Solo por eso merece nuestro respeto". Gonzalo Suárez, escritor y cineasta que en diversas ocasiones ha indagado en el ser y el otro, en la criatura y su creador (Mi nombre es sombra, Remando al viento), reconoce que Stoker le aburre. "Empecé a leerlo y lo dejé. Obviamente forma parte de la literatura victoriana, que sí me atrae. Pero el libro no desarrolla un carácter ontológico, juega más con el sadismo y la sangre. Todos tenemos un monstruo en nuestro interior, pero creo que justo en mí no hay de esa especie", reconoce entre risas.

Entonces, ¿qué hizo bien Stoker? El escritor irlandés, criado entre libros y profesores privados por culpa de una enfermedad infantil, publicó muchos más cuentos, y ninguno tuvo la repercusión popular y artística de Drácula. "Claro", descifra Fresán, "porque existen novelas influyentes, que por su calidad crea escuela de escritores y de obras, y novelas radioactivas, que enferman a otros, que infectan y producen mejores herederos. El éxito de Drácula radica en un personaje fascinante". Su misma construcción, a base de trozos de diarios y cartas entre los personajes, ralentiza la trama: "Es la novela en la que más se escribe y se lee. Pero, ¿cuándo van a por el monstruo?", dice Fresán.

Bram Stoker publicó Drácula en 1897, y creó el personaje bebiendo de varias fuentes: primero, del personaje real de Vlad Draculea Vlad el Hijo del Demonio / Dragon, también conocido como Vlad Tepes el empalador; del actor Henry Irving, una estrella de la época, para el que Stoker trabajó durante 29 años como representante y secretario, y cuya enfermiza relación inspiró de lejos la película La sombra del actor; y de sus charlas con un extraño orientalista húngaro llamado Arminius Vámbéry con el que se entrevistó en diversas ocasiones (Vámbery también era muy imaginativo en sus leyendas sobre la Europa oriental, y su labia y su imaginación las engordaban a gusto del oyente que tenía en cada momento). Óscar Wilde dijo que Drácula era la obra de terror mejor escrita de todos los tiempos. Arthur Conan Doyle tampoco escatimó elogios. "Es que es muy de la época victoriana", según Fresán, "es el triunfo del gótico, de un terror que crea personajes como Frankenstein, el doctor Jekyll y Mister Hyde...". ¿También puede ser la venganza de un hombre que se siente vampirizado por otro? "Como libro, efectivamente, es muy transparente, ya que son los años del advenimiento del psicoanálisis". El subconsciente de los autores sale a borbotones. "Fíjate en este Drácula, en Peter Pan, en Sherlock Holmes...". Gonzalo Suárez recalca en ese grandioso momento literario británico: "Me atrae mucho ese género. Dio unas obras de ficción fascinantes, a diferencia de la española, más realista".

El escritor irlandés Bram Stocker.
La triste vida de Stoker, que arrastra a su familia detrás de Irving, que no recibe ningún dinero cuando fallece el actor, y que muere pobre víctima de la sífilis que había contraído yendo de prostitutas con Irving en París, se ha prolongado en el tiempo. Vila-Matas estuvo en Dublín alojado a pocos metros de la casa donde durante décadas vivió Stoker: "La primera vez vi una placa, que recordaba su estancia. El mismo Oscar Wilde, primer novio de Florence, posterior esposa de Stoker, vivía a pocas manzanas. Años después volví y en lugar de la casa había una clínica de cirugía estética. De la placa, ni rastro". "A mí me entristece la deriva actual del personaje", comenta Fresán. "Eso de que vayan al colegio los vampiritos de Crepúsculo...". Algo que nunca hubiera ocurrido en la novela original. Como dice el viejo conde: "Yo pertenezco a un familia muy antigua y me moriría muy pronto si me viese obligado a residir en una mansión moderna. No busco ni la alegría ni el júbilo, y menos aún la felicidad que obtienen los jóvenes por un bello día de sol y el murmullo del agua".

Morded y multiplicaos (Un mito impulsor de la literatura)

Drácula — “novela radioactiva que enferma al resto”, según definición de Rodrigo Fresán— ha tenido todo tipo de continuaciones literarias, desviaciones a la ligera del mito original del vampiro que reguló Bram Stoker, y versiones cinematográficas y teatrales. Lógico, a pesar de su esquema basado en páginas de diarios y cartas entre los personajes, Stoker tenía como intención inicial escribir una obra de teatro. Más aún, poco después de publicar en 1897 la novela, su autor realizó una lectura dramatizada de Drácula. El manuscrito original, escrito a máquina y con innumerables correciones, desapareció durante décadas. En los ochenta sus 541 páginas fueron encontradas al noroeste de Pennsylvania, y en la portada, escrita a mano, aparecía su título original, Los no-muertos. Debajo, el nombre del autor, Bram Stoker. Está claro que el escritor decidió rebautizarla en el último segundo.

Hoy, entre Stephanie Meyer, Guillermo del Toro, Charlaine Harris o Anne Rice, hasta los descendientes de Stoker han sacado partido del conde. Su sobrino bisnieto Dacre Stoker, apoyado por un experto en el tema, Ian Holt, publicó en 2009 una continuación, Drácula, el no muerto, que aunque arrancaba con gracia, se perdían en un trama alocada y con guiños a otros clásicos como Jack el Destripador. Las cenizas de Stoker, que reposan en una urna junto a las de su único hijo, Irving Noel, en Londres, deben de revolverse de vez en cuando.

EL PAÍS.com - Gregorio Belinchón - Madrid - 19 ABR 2012

martes, 7 de febrero de 2012

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos...

A 200 años del nacimiento de Charles Dickens 

Hoy se cumple el bicentenario del nacimiento del escritor Charles Dickens, el autor inglés más popular después de Shakespeare.

Esta celebración se ha convertido en el acontecimiento literario de la temporada. Exposiciones, nuevas versiones en cine y televisión de sus libros, biografías, ensayos, y representaciones, entre otras maneras de recordar al gran escritor inglés, se darán cita en prácticamente todos los rincones del mundo.

Entre las conmemoraciones de este bicentenario destaca la exposición que tiene lugar en la capital británica y que recrea el vínculo entre Dickens y Londres, ciudad que fuera su principal inspiración y él su mejor cronista.

Era insomne y recorría las calles de Londres

Si Charles Dickens no hubiera padecido insomnio, el mundo se hubiera perdido de obras tan magníficas como Oliver Twist, David Coppefield o Cuento de Navidad. En efecto, durante sus largos paseos nocturnos por las calles londinenses Dickens afinó su capacidad de observación y esplendida prosa para describir la miseria en la que vivían miles de niños, mujeres y hombres. Él mismo, apenas con 12 años de edad, fue víctima de la explotación laboral que era moneda corriente en la Inglaterra victoriana.

Segun el escritor Peter Ackroyd, autor de una sólida biografía del autor de Historia de dos ciudades (“Dickens, el observador solitario”), cuando éste empezó a trabajar en la fábrica de betún Warren, en el número 30 de Hungerford Stairs, en una zona industrial de Londres, insalubre e infestada de ratas, las jornadas se prolongaban durante 10 horas, con una pequeña pausa para comer.

El salario era de seis o siete chelines a la semanales (unos 35 dólares actuales). "Fue el acontecimiento más importante de la vida de Charles Dickens", explica Ackroyd en una entrevista publicada en el suplemento literario Babelia del diario EL PAÍS. "Es algo que siempre tuvo presente. Creo que gran parte de su energía creadora nace en esa infancia y su visión del mundo se forja en aquellos momentos".

El germen de sus novelas y cuentos: la injusticia social

John Forster, amigo del escritor y autor de su primera biografía (The live of Charles Dickens), ya señalaba que el germen de David Copperfield surgió entre tarros de betún en aquellos talleres junto al Támesis. Tres cuartos de siglo después, en el clásico ensayo de 1940, Dickens, The Two Scrooge, Edmund Wilson apuntaba también que aquel periodo de trabajo infantil, con su padre encarcelado a causa de las deudas, fue crucial en la formación literaria y humana del escritor.

Dickens nunca ha dejado de estar presente

Este popular escritor está en todos los ámbitos de la cultura británica, asegura el historiador Alex Werner, conservador del Museo de Londres, curador de la exposición Dickens y Londres, que puede verse hasta el 10 de junio, y coautor junto a Tony Williams del libro que acompaña la muestra, Dickens's victorian London (1831- 1901).

“Sus novelas han sido llevadas al cine de manera constante, se han rodado series de televisión desde que tengo memoria, sus libros son reeditados y leídos una y otra vez. No creo que haya habido ningún periodo desde su muerte en que no haya sido admirado universalmente", acota Ackroyd. Desde su muerte en 1870, se han publicado cerca de cien biografías..

Dickens y sus personajes: seguramente que conoces a alguno

Su retrato más famoso, El sueño de Dickens, firmado por su contemporáneo Robert Williams Buss, muestra al escritor en su estudio, dormido, rodeado por sus personajes. Oliver Twist, Ebenezer Scrooge, David Copperfield, Jacob Marley, Bill Sikes, Fagin, Pip, Miss Havisham y su pringoso vestido de boda, el señor Pickwick, la pequeña Nell, Florence Dombey, Uriah Heep, Joe Gargery, Sydney Carton, Mister Gradgrind forman parte de un gigantesco legado que vive mucho más allá de la literatura.

Su herencia incluye tramas, historias e imágenes, fantasmas de las navidades pasadas, futuras y presentes, principios como: "Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y de la tontería, la época de fe y la época de la incredulidad, la estación de la luz y de las tinieblas, era la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación". Según sus biógrafos, todo ese mundo ficticio tiene dos anclajes reales: su propia vida y la ciudad de Londres.

El mismo Kart Marx escribió sobre el autor de Grandes esperanzas que "había proclamado más verdades de calado social y político que todos los discursos de profesionales de la política, agitadores y moralistas juntos". Volver a leer alguna de las obras de Dickens, tan actuales como si las hubiera escrito hoy día, es una manera de rendirle homenaje a este espléndido escritor.

Laura Martínez - guia.actitudfem.com
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